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27/3/13

Periodo Neolítico EL CRECIENTE FÉRTIL


  

Periodo Neolítico

  EL CRECIENTE FÉRTIL.  El Neolítico no surgió en todas partes al mismo tiempo ni se desarrolló de igual manera, siendo, además, según se deduce a partir de los datos ofrecidos por las excavaciones efectuadas, un fenómeno que requirió un período de lenta gestación.

    De acuerdo con los restos arqueológicos encontrados hasta ahora, fue el Próximo Oriente la cuna del nuevo tipo de vida. En cuevas de Palestina y el Norte de Irak, entre otras, se han encontrado hoces, piedras y mazos para moler y grandes recipientes de piedra pulimentada fechados alrededor del noveno milenio a. de C., hallazgos que parecen indicar la presencia en la zona de cereales, todavía silvestres, recolectados por sus habitantes que disponían de útiles, aunque rudimentarios, apropiados para ello. Sin embargo, todavía seguían dedicándose a la caza, como testimonian las pequeñas piezas de piedra tallada descubiertas en los mismos yacimientos.

    Posteriormente, las excavaciones de restos de pequeños poblados, aún del séptimo milenio, nos ofrecen casas construidas con arcilla y dotadas de hornos y silos, restos de granos de cereales y de huesos de animales domésticos, y además, instrumentos de piedra pulimentada que no aparecían anteriormente: azadas, hachas, etc. Ya en el milenio siguiente, el Neolítico parece plenamente consolidado en el Próximo Oriente: poblados mayores, calles, recintos decorados, cerámica y primeros objetos rudimentarios de cobre.

     El área de estos primeros yacimientos neolíticos, conocida con el nombre de Creciente fértil, se extiende por Palestina y Jordania occidentales, Irak e Irán meridional, hasta las zonas montañosas de los Zagros. Habría que añadir, de acuerdo con los últimos descubrimientos, parte de Anatolia. Entre todos los asentamientos destaca el de Jericó, donde se puede apreciar el paso de la cultura Natufiense a una plenamente neolítica.

    ¿Cómo fue posible tan espectacular avance? En el caso concreto del Próximo Oriente, parece ser que el cambio de clima fue el factor condicionante fundamental; actuó como estímulo sobre los grupos humanos allí existentes, que se vieron obligados a responder a las nuevas condiciones climáticas más hostiles con un nuevo modo de vida que se adaptase mejor a ellas. La reducción de la pluviosidad, después de la última glaciación, trajo consigo un progresivo aumento de la aridez, que hizo más pobre la vegetación, mientras las especies animales empezaban a decrecer, bien por muerte bien por emigración. El hombre sólo podía subsistir en estas circunstancias si ideaba algún medio para conservar, acrecentar y seleccionar las plantas y animales que se adaptasen más fácilmente al medio.

    De igual modo, la progresiva desecación del Sur, con la aparición de los grandes desiertos, determinó que la gente de estas regiones buscase asentamiento junto a los oasis, fuentes y ríos. Allí acudirían también los animales, que se irían acostumbrando a la presencia del hombre, produciéndose una reagrupación de la población y de la fauna en determinadas regiones, lo que conduciría necesariamente a la búsqueda de nuevos medios para aumentar la insuficiente alimentación. Tanto el cultivo, fruto de un largo proceso de observación y suma de experiencias, como la domesticación, que bien pudo iniciarse con motivo de incidentes de caza, representan en líneas generales un ajuste de los seres vivos al medio ambiente: cada uno sobrevive gracias a los otros.

    No obstante, hay autores para quienes no se habría producido en tal período posglaciar ninguna variación climática considerable; el hombre sería, según ellos, la clave del cambio, pues, una vez lograda cierta maduración, pudo muy bien aprovecharse de las condiciones favorables entre las que destacan las de tipo topográfico.

    Aunque, como hemos visto, el Neolítico no se inició en los grandes valles fluviales, cuyos aluviones, entonces pantanosos, se prestaban poco al cultivo sin un trabajo previo de desecación mediante el oportuno drenaje, fue allí donde las sociedades neolíticas alcanzaron mayor desarrollo, ya que una vez realizado aquél se obtuvieron abundantes cosechas. El excedente que estas proporcionó liberó paulatinamente mayor mano de obra e hizo que el trabajo fuese menos absorbente, permitiendo que algunos miembros de la comunidad se dedicasen al ensayo o al perfeccionamiento de nuevos instrumentos, lo cual daría lugar a los nuevos adelantos técnicos, tan fundamentales para el progreso. Entre ellos jugó un papel decisivo el desarrollo de la metalurgia; primero apareció el cobre, luego el estaño y finalmente el bronce, aleación a base de los dos anteriores. Con ellos se abría un esperanzador horizonte para la humanidad con la posibilidad de creación de una amplia gama de nuevos objetos acomodados a las nuevas circunstancias y necesidades, tales como el carro de ruedas.

    La división del trabajo se iba acelerando y con ella el progresivo avance de las técnicas artesanales dispuestas para producir más y mejor. La producción de riqueza tanto en el campo, beneficiado por los nuevos inventos, como en lo que podíamos llamar los talleres artesanales, fue en aumento, creándose un excedente que hacia posible la expropiación y, por consiguiente, la propiedad privada y el comercio. Este enriquecimiento, que permitía que los poblados se agrandasen, hizo más acuciante la necesidad, ya existente desde los inicios del Neolítico con la aparición de una economía de previsión y reservas, de organizar fuerzas de defensa que constituirán los primeros ejércitos. A su vez, los trabajos de desecación de los campos primero y la regulación posterior de las labores agrícolas, exigieron la presencia y el prestigio de una dirección eficaz, base del poder político que aparece ahora por primera vez. El nuevo sistema de vida hizo indispensable la diversificación de funciones y originó la formación de grupos encargados de las distintas tareas requeridas por la sociedad, estratificándose ésta.
Fuente: Enciclopedia Lafer