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13/3/15

EL CISMA DE OCCIDENTE

EL CISMA DE OCCIDENTE.  Si durante el siglo XIII el Papado pretendió ejercer sobre la Cristiandad una dirección no sólo espiritual, sino también temporal, en el siglo XIV las críticas contra el Papado iban a aumentar, y el renacer del derecho romano daba a los reyes argumentos para fortalecer la institución monárquica.

    La inseguridad de una Italia dividida provoca que entre los años 1305 y 1378 el Papado se instale en Avignon, lo que suponía una cierta sumisión a la autoridad del Rey francés. En esta ciudad, el Papado realiza una labor de reorganización administrativa, multiplicando los impuestos sobre el clero, lo que había de permitirle acumular una inmensa fortuna, que no siempre se empleaba para el bien de la Iglesia, sino también en una serie de lujos y ostentaciones. Por otra parte, se acusó al Papado de haber apoyado a la monarquía francesa contra la inglesa en la guerra de los Cien Años.

    A la muerte de Gregorio XI - que ya había trasladado la sede a Roma - se elige como sucesor a un Papa italiano (1378), pero el clero francés no estuvo de acuerdo y eligió a su vez a un Papa francés, que se instaló en Avignon. El cisma de Occidente había comenzado (1378-1417). Ambos Papas se excomulgaron y la Cristiandad se dividió.

    En 1409 se reúne el Concilio de Pisa con el fin de solucionar el problema: se destituye a los dos Papas existentes y se nombra a uno nuevo. Tanto Roma como Avignon no aceptaron la solución, y el problema se agravó, pues en lugar de dos, había ahora tres Papas.

    Con el Concilio de Costanza (1417), el problema se soluciona al ser elegido Papa Martín V. Se daba a la Iglesia una organización más democrática y se sometía al Papa a la autoridad de los Concilios, lo que era contrario a la naturaleza de la Iglesia. Finalmente logró abolirse esta supremacía conciliar.

    Los resultados del cisma fueron realmente importantes, pues, junto a un evidente desprestigio de la autoridad papal, surgen multiplicidad de herejías, que criticaban los abusos eclesiásticos; se da un gran impulso a la creación de Iglesias nacionales, se plantea la necesidad de una profunda reforma en la Iglesia, con el retorno a los principios de la Iglesia primitiva, un acercamiento a los principios evangélicos, se rechaza la jerarquía y el ritualismo. Con todo, lo más importante habría de ser que cada nuevo Estado habría de crear su Iglesia nacional, que si en teoría obedecía los dictados de Roma, en la práctica estaba fuertemente controlada por los monarcas autoritarios, que lograrían privilegios de designación de los obispos en su país y que la Iglesia fuese uno de los sostenes de su actuación política. El Gobierno teocrático de Roma había terminado, y ya durante el siglo XV, el Papado se ve obligado a suscribir una serie de Concordatos que dilucidarán claramente las funciones de la Iglesia en las nuevas naciones.

Fuente: Enciclopedia Temática Lafer