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16/8/13

LA CONQUISTA

LA CONQUISTA.  Sobre este variopinto escenario peninsular hubo de actuar Roma. Si bien, en un primer momento, la actuación de Roma se limitó a hostigar a los cartagineses para lograr su derrota, pronto cambiaría de actitud y decidiría la conquista sistemática de la Península Ibérica: la creación de dos provincias (Citerior y Ulterior) en el año 197 a. de C. es una muestra del cambio de planes romanos con respecto a España. Según Ubieto, influyeron en esta decisión los siguientes motivos:

    1. Reconstrucción del Imperio económico griego, lo que, en parte, lograba Roma al vencer en el año 197 a. de C. a Filipo de Macedonia y al ocupar seguidamente la Península Ibérica;

    2. La necesidad de encontrar nuevos lugares en los que colocar los capitales romanos dada la revolución social y que se produjo en Roma por las mismas fechas;

    3. La escasez de metales en Italia y abundancia de los mismos en España, ya que, según Estrabón, «hasta ahora ni el oro, ni la plata, ni el cobre, ni el hierro nativos se han hallado en ninguna parte de la tierra tan abundantes y excelentes»;

    4. La existencia de abundantes hombres capaces de ser utilizados en las empresas romanas. Podemos recordar que, anteriormente, mercenarios ibéricos al servicio de Cartago habían combatido en todos los ámbitos mediterráneos: Cerdeña, Sicilia, Norte de África e Italia. Los griegos también los habían utilizado como auxiliares en las guerras del Peloponeso;

    5. La posibilidad de dominar las zonas productoras de cereales;

    6. La abundancia de bases navales y de elementos - madera, esparto, cordaje - para la industria de la construcción naval;

    7. Fácil consecución de dinero para sufragar los gastos originados por lo anterior.

    La Península había de convertirse en una de las bases de la acumulación capitalista romana. Las cantidades de oro y plata que afluyeron a Roma procedentes de los tributos recaudados en Hispania fueron fabulosas: se ha calculado que, en cincuenta años, llegaron a Roma medio millón de libras de plata y diez mil de oro. En las minas de plata de Cartagena, por ejemplo, y según Estrabón, trabajaban cuarenta mil obreros y reportaban al pueblo romano veinticinco mil dracmas diarios».

    La conquista de la Península Ibérica por Roma fue lentísima. Comenzó en el año 218 a. de C. con el desembarco de los Escipiones en Ampurias, continuando con la conquista del litoral mediterráneo y gran parte de Andalucía en poder de los cartagineses hasta el año 206 a. de C. En la conquista de España actuaron personalidades tales como Catón, que tuvo que luchar, al igual que sus sucesores, no contra ejércitos organizados y en línea, sino contra hábiles, astutos y escurridizos guerrilleros que durante largos años mantuvieron en jaque a los ejércitos de la República. Merece destacarse en este aspecto la personalidad de Indíbil, Mandonio o Viriato. En otras ocasiones las legiones romanas iban a encontrarse con la tenaz resistencia de algunas ciudades a las que hubo de reducir a cenizas tras largo asedio: Numancia, en el año 133 a. de C. Julio César llegó a Hispania a mediados del 61 a. C. Suetonio dice que fue llamado por los provinciales que sufrían continuas incursiones de los lusitanos. Recorrió la costa atlántica. Se enfrentó a los lusitanos de Monte Herminio (sierra de Estrella) y los obligó a asentarse en la llanura. En el verano del 60 volvió a Roma pensando en obtener el Consulado. El dominio total de Hispania se lograría en el año 19 a. de C., en la época de Octavio Augusto tras someter los aislados núcleos de resistencia vascos, astures y galaicos. Dos siglos habían sido necesarios para dominar la Península Ibérica, mas no hay que ver en lo dilatado del período ningún síntoma de impotencia romana, sino una falta de interés, pues, una vez logrado el dominio de las zonas más ricas poco atractivo podían tener las áridas y frías tierras del interior.

    A partir de estas fechas, y durante un largo período de más de siete siglos, es cuando va a producirse la adopción de lo romano - romanización - por los hispanos. Las causas que contribuirían a este interesante y trascendental fenómeno serían, según Ubieto, la permanencia de un ejército de ocupación y sus relaciones con las gentes del país, las transacciones comerciales que tal hecho produce, el alistamiento de voluntarios o mercenarios hispanos en el ejército romano, la actuación de los soldados hispanos licenciados sobre los lugares de su nuevo emplazamiento, los matrimonios mixtos, la convivencia, la adopción de los dioses ibéricos por el olimpo romano, la similitud de algunas deidades de ambas religiones, la admiración del esfuerzo y éxito de Roma, la concesión de la ciudadanía romana a muchos peninsulares hispanos, la construcción de un excelente sistema de caminos que favorecían las comunicaciones y hacían desaparecer, al permitir el rápido desplazamiento de los ejércitos, el endémico estado de inseguridad y bandolerismo anterior; la aparición de «colonias» formadas por soldados licenciados del ejército y situadas en lugares estratégicos.

    La cultura indígena fue absorbida rápidamente por la superioridad de la romana.

    La sociedad indígena, hasta entonces de carácter eminentemente rural y agropecuario, empezó a transformarse, sin perder su antiguo carácter, en urbana y comercial. Las nuevas ciudades, al amparo de la «pax romana» suelen edificarse no ya en lugares elevados y de fácil defensa, sino en el llano y su amplitud va a constrastar con los antiguos poblados indígenas: es el caso de Emerita, Corduba, Hispalis, Tarraco, Caesar Augusta.

    Pronto Hispania había de descollar y aportar al Imperio una serie de pensadores y literatos de primera magnitud - Séneca, Columela, Marcial, Lucano - con importantes figuras del Cristianismo primitivo - Osio y Prudencio - y con emperadores nacidos en estas tierras - Trajano, Adriano y Nerva.

    Las obras públicas creadas fueron de primera magnitud. Merecen destacarse acueductos (Segovia, Mérida, Tarragona), anfiteatros (Tarragona, Mérida, Itálica), teatro (Mérida, Ronda, Sagunto).

    Esta labor de Roma transformó, unificó e influyó decisivamente en la evolución de la cultura hispana. Cuando se produzca la decadencia del Imperio y los bárbaros hagan acto de presencia en la Península, ésta era, sin duda, una de las regiones en las que el espíritu de la Urbe Tiberina había calado más profundamente.

Fuente: Enciclopedia Temática Lafer